Anastasia

Se llamaba Fiona pero mi papá le decía Anastasia, según él, Anastacia era un nombre para personas necias y tercas, mi papá fue profesor durante la mayor parte de su vida, así que me imagino que tuvo alguna alumna que se llamó Anastasia y que tenía esa personalidad.

En fin, el día en que compramos a Fiona, o más bien, que mi papá la compró, tenía como tres meses de edad y la llevaron a la casa en una caja de cartón con toda la camada, éramos de los primeros a los que nos habían ofrecido un perrito.

Recuerdo bien que había una chachorrita en particular que caminaba encima de sus hermanos y hacía malabares para poder salir de la caja, era la única, todos los demás estaba echaditos, quietecitos, como si alguien les hubiera dicho que el mejor portado se iba a quedar en esa casa tan maravillosa, pero no fue así, pasaron sólo algunos segundos para que esa cachorrita hiciera cambiar de parecer a mi papá quien buscaba un macho – “Esa” – dijo mi papá señalándola.

Anastasia era el nombre perfecto para que una perra que a corta edad no dejaba más ser revisada por un veterinario, ellos (los veterinarios) y las personas que en general no la conocían, le tenían miedo, pero siempre hubo un valiente, Fausto, su veterinario. Fiona jamás se dejó poner un bosal, cuando así se reuqería la teníamos que agarrar fuerte entre tres o cuatro personas para que Fausto entrara, la inyectara y después saliera corriendo a cerrar la puerta temiendo por su vida. Fausto era su enemigo número uno y él lo sabía.

Fiona tenía pocos años cuando se cayó en la cisterna del patio trasero, yo, que hacía tarea en el comedor escuchaba un sonido extraño, pero jamás pensé que era Fiona que se estaba ahogando. Fue mi mamá (mejor conocida en el bajo mundo como “Malena Peluche”) quien se dio cuenta y la sacó, no sabemos cuánto tiempo esuvo luchando por su vida dentro de la cisterna, pero el veterinario nos dijo que por poco y ya no contábamos con ella. Tenía los pulmones llenos de agua y esa noche era decisiva para su vida. Todos queríamos dormir con ella para cuidarla, pero Fiona siempre fue una luchona, sobrevivió esa noche y las noches subsecuentes durante 14 años.

La noche que fue “dormida” fue la primera vez en toda su vida que no se le lanzó con furia a Fausto, fue la primera vez que le pudieron poner un bosal, fue la primera vez que se dejó vencer, el cáncer la venció…

Jamás había tenido un perro que nos cuidara tanto, que entendiera que si alguien entraba a casa con nostros era amigo y entonces había que cuidarlo también, y que al mismo tiempo fuera tan noble y cariñosa, ella simplemente tenía la mirada más tierna y los saltos más altos en la pared.

Después de 14 años de Fiona nos queda una cajita con sus cenizas, un certificado de defunción que dice “gracias por cuidarme durante todo este tiempo”, y el tapón de una llanta en el que le dábamos de comer pues fue el único “plato” que no pudo destruir, sin embargo deja muchos recuerdos inolvidables y un espacio que jamás se volverá a ocupar.

Fionita te extraño

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